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EN QUE SE FUNDAMENTA LA DEMOCRACIA PDF Imprimir E-mail
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La democracia se funda en el predominio de la mayoría, pero respetando el derecho de la oposición. Persigue la libertad y la justicia como valores centrales. La persona humana se halla subordinada al Estado, pero este debe respetar su autonomía y su dignidad. La tiranía de un partido, de una categoría social o de un grupo, constituye la negación del orden civil.
Como quiera que Rousseau sostenía el predominio de un yo común, o sea, como observa Maritain, de una voluntad general que descalifica toda otra voluntad, resulta que dicho “yo común”, es mas yo que yo mismo, puesto que, según Rousseau, la persona que sostiene un parecer opuesto a la voluntad general se equivoca en lo que quiere.

Así, “a quien rehusé obedecer la voluntad general se le obligara a ello por todo el cuerpo social, lo cual no significara otra cosa que obligarle a ser libre”. Es patente la aberración de la doctrina pactista, al sostener que quien obedece contra su parecer se obedece a si mismo.

En realidad, obedece al compuesto social o al régimen imperante. Lo que Rousseau podría haber afirmado es que quien participa en la designación de los gobernantes y por ello en la formulación de la orden contraria a su parecer, obedece porque se han seguido las “reglas de juego”, en lo cual tuvo participación. A menor participación en la vida cívica, la fuerza represiva se hace más odiosa.

Lo cierto es que la democracia entraña cierto relativismo axiológico, o sea que no hay verdades absolutas en materia política, ya que la opinión tenida por valida es la de la mayoría. Al cambiar esta, o sea si una tendencia política distinta desplaza la mayoría de un sector a otro, este ultimo tiene el derecho de dictar normas. 

Así admitido, la homogeneidad del cuerpo social no se rompe, pues el credo valido cambia cuando otra corriente alcanza la mayoría, siendo posible que un nuevo cambio altere mas tarde el credo reciente. Radbruch expreso acertadamente esta naturaleza de la democracia, explicándola en su “Filosofía del Derecho” del siguiente modo: “El relativismo es el supuesto ideológico de la democracia; esta se pone a identificarse con una determinada concepción política y esta siempre dispuesta a permitir la dirección del Estado a toda concepción que sepa ganarse la mayoría, y porque no conoce un criterio univoco con el cual juzgar del acierto de las concepciones políticas, no acepta la posibilidad de una situación que este por encima de los partidos.

El relativismo, con su doctrina de que ninguna ideología es demostrable ni refutable, es muy apropiado para contrarrestar en las luchas políticas la tendencia a creernos poseedores únicos de la justicia y a ver en el enemigo sólo tontería o maldad".

Evidentemente, el relativismo es una forma cortés del escepticismo, como observa Sánchez Agesta. La democracia moderna que ha rectificado el voluntarismo popular de Rousseau, reposa en el convencimiento de que la voluntad de la mayoría es, probablemente, más acertada, pero no la única acertada. La verdad no es patrimonio exclusivo de la mayoría; y la propia mayoría, al aceptar la posibilidad de ser desplazada legalmente, está admitiendo que otra tesis más acertada logre imponerse.

De ahí que la esencia de toda democracia radica en la posible alternancia en el poder y quien cierre el camino legal de acceso al gobierno a otra tendencia está mistificando la democracia.

La doctrina del control del poder adquiere su mayor vigencia en el Estado de Derecho, pues éste reposa sobre los principios del derecho natural. El Estado moderno, que nació absolutista con la secularización del poder en los siglos XVI y XVII, retornó al pluralismo al admitir que se funda en el derecho y en la justicia. En la auténtica democracia, la voluntad del Estado es formada con participación de los mismos que se hallan sometidos a ella.

El Estado resulta obedeciendo a la comunidad, en la medida que ésta decide la clase de gobierno y el rumbo general de la política. Tal concepción fue expresada, de modo simplista pero efectivo, por Lincoln, quien definió la democracia como el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, entendiendo por pueblo toda la nación y no sólo uno de los estratos sociales. Ningún gobierno es admisible si no cuenta con el asentimiento popular, ya que, por mucha que sea su superioridad, ningún hombre puede imponerle obediencia a los demás sin que medie el consentimiento de ellos.

El poder de decisión de la mayoría no excluye considerar la idoneidad moral e intelectual como requisito para el mando. La raíz humana del mando político está en la razón y no en la voluntad; y como quiera que la razón no crea su orden sino que lo descubre como un orden trascendente y objetivo, el poder ha de ser ejercido por quienes mejor aseguren el bien común. La voluntad popular es la forma histórica actual de descubrir quiénes representan el bien común, pero la autoridad de que goza el poder proviene de una necesidad social, del orden natural.

La democracia es la menos imperfecta de las formas de gobierno y la única compatible con la dignidad y la autonomía del hombre; supone un principio de racionalidad y no el mero voluntarismo político de los más.

Las notas de una personalidad democrática, según Aristóteles, consisten en saber gobernar como un hombre libre y obedecer como un hombre libre. Democracia es un estilo de vida y no sólo una forma de gobierno basada en el poder del pueblo. Por ello, la democracia florece allí en donde el clima cultural no se halla dominado por un valor único.

En el mundo occidental, la pauta de equilibrio entre los valores cardinales quedó establecida durante el Renacimiento. El valor religioso, el valor estético, el valor económico, el valor científico, son de gran importancia.

Pero los valores integradores son el político y el moral, que contiene el valor justicia social. Una sociedad pluralista asegura la realización independiente de cada hombre y de todo el hombre. Mc Iver anota que democracia es algo más que el gobierno de la mayoría; es el gobierno de la comunidad, integrada por mayoría y minorías.

No es opuesta a la aristocracia del espíritu, sino un procedimiento para la selección de los grupos gobernantes. Un régimen tal exige la existencia de garantías constitucionales; principalmente la libertad de expresión y los medios de información.

 


BIBLIOGRAFÍA

OSCAR E. BAZAN SALVADOR. Teoría del Estado. Tomo I. Edigraber. Lima-Perú. Primera Edición. 2001.
SANTOS CRUZ, TEODULO. Teoría del Estado, U.N.T., Trujillo. 1993
RAUL FERRERO R. CIENCIA POLÍTICA. Teoría del Estado y Derecho Constitucional. Ediciones J.V. Sétima Edición. 1989.
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