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El envejecimiento es un proceso continuo cuyas fronteras con lo patológico son a veces difíciles de establecer. Un ejemplo de ello es la controversia, aún vigente, sobre si el aumento de presión arterial con la edad es un proceso biológico ligado al envejecimiento o una enfermedad. Está muy difundido, por otra parte, el convencimiento de que la senectud impone una declinación de las funciones cardiovasculares y que en ello residiría el origen de la afección cardíaca senil. Este aserto es infundado; sucede, más bien, que la prevalencia y la gravedad de las enfermedades cardiovasculares aumentan con la edad.

En el envejecimiento normal, la capacidad del músculo cardíaco para generar presión está preservada y la respuesta inotrópica de las miofibrillas a la estimulación con calcio es normal. Hay, por el contrario, una notable disminución a la estimulación de los receptores betadrenérgicos, que se manifiesta por descenso de las respuestas inotrópica, vasodilatadora y cronotrópica. Por ello, en el ejercicio u otro tipo de sobrecargas, el ventrículo hace uso del mecanismo de Frank- Starling. Es común cierto grado de hipertrofia ventricular izquierda secundaria al aumento de impedancia que imponen las arterias engrosadas. Tal vez el fenómeno más característico del ventrículo izquierdo del anciano sea el enlentecimiento de la relajación ventricular; estas alteraciones de la relajación, que por sí mismas no tienen trascendencia, pueden adquirirla en presencia de enfermedad, sobre todo si hay una taquicardia asociada que acorte el período de llenado.

La rigidez de las paredes arteriales aumenta con la edad, muy probablemente debido a un aumento del tejido conjuntivo y a un cambio cualitativo de sus componentes. El proceso es compensado, en parte, por el ensanchamiento de la aorta, merced al cual ésta necesita dilatarse menos para acomodar el volumen de eyección. De todas formas, la rigidez arterial es la causa del aumento de la presión arterial sistólica, así como del incremento en la velocidad de la onda del pulso que muchos ancianos presentan. Esta hipertensión arterial sistólica es aún más ostensible durante el ejercicio, debido a la citada incapacidad vasodilatadora con la estimulación betadrenérgica.

BIBLIOGRAFÍA

BORST SE, LOWENTHAL D. Fármacos cardiovasculares en las personas mayores. En: LOWENTHAL D (ed). Cardiología geriátrica. Medicina cardiovascular (ed esp). Barcelona, Marketing Trends, 1992; 171- 184.
FREEMAN WK, SCHAFF HV, O’BRIEN PC, ORSZULAK TA, NAESSENS JM, TAJIK AJ. Cardiac surgery in the octogenarian: Perioperative outcome and clinical follow-up. J Am Coll Cardiol 1991; 18: 29-35.
MACAYA C, ALFONSO F, IÑÍGUEZ A, ZARCO P. Long-term clinical and angiographic follow-up of percutaneous transluminal coronary angioplasty in patients > 65 years of age. Am J Cardiol 1990; 66: 1.513-1.515.
STROKE PREVENTION IN ATRIAL FIBRILLATION INVESTIGATORS. Stroke prevention in atrial fibrillation study. Final results. Circulation 1991; 84: 527-539.
THIBAULT GE. Clinical problem-solving. Too old for what? N Engl J Med 1993; 328: 946-950.
WENGER NK. Enfermedades cardiovasculares en el anciano. Curr Probl Cardiol (ed esp) 1993; 1: 9-84.


FARMACOTERAPIA CARDIOVASCULAR EN EL ANCIANO
No es posible establecer normas generales sobre este importante apartado, puesto que la respuesta a la administración de fármacos depende de circunstancias individuales, fisiológicas y psicológicas, más que de la edad cronológica. El cumplimiento terapéutico mejora con un entorno familiar o social adecuados. Es un hecho común, al menos en España, el desmedido consumo farmacológico de algunos ancianos; esta polifarmacia, que puede pasar inadvertida al médico más atento, es causa frecuente de confusos cuadros clínicos cuyo remedio estriba en la supresión vigilada de todos los fármacos.

Es necesario destacar que la diminución senil del aclaramiento renal puede elevar la concentración de fármacos que se eliminan por esta vía. Entre ellos se encuentran la digoxina,  los diuréticos, la mayoría de los inhibidores de la enzima de conversión de la angiotensina, el atenolol y algunos antiarrítmicos, como la procainamida o la disopiramida. Otros fármacos se metabolizan en el hígado y pueden alcanzar tasas plasmáticas elevadas, debido a que con la edad hay un menor flujo hepático y una actividad enzimática disminuida. El propranolol, el verapamilo y el diltiazem son ejemplos de fármacos cuya cinética puede alterarse por las razones citadas. A estos cambios hepáticos y renales se añaden la disminución de la masa corporal seca y la menor unión de los fármacos a las proteínas plasmáticas. Como consecuencia de todo ello, la dosificación de los fármacos debe ajustarse cuidadosamente en los ancianos para minimizar las reacciones adversas. Éstas pueden ser acusadas en el sistema de excitoconducción y originarse paro sinusal o bloqueo auriculoventricular (AV) avanzado con dosis habituales de bloqueadores beta o antagonistas del calcio. Un efecto farmacodinámico adverso frecuente es la hipotensión postural con el uso de diuréticos y otros agentes hipotensores; esto se debe a la menor sensibilidad de los barorreceptores y a la ya mencionada incapacidad de respuesta simpática beta. Los tratamientos enérgicos pueden exceder la simple hipotensión postural y ocasionar síncope o, incluso, accidente vascular cerebral.


BIBLIOGRAFÍA

BORST SE, LOWENTHAL D. Fármacos cardiovasculares en las personas mayores. En: LOWENTHAL D (ed). Cardiología geriátrica. Medicina cardiovascular (ed esp). Barcelona, Marketing Trends, 1992; 171- 184.
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